Una travesía por el Gran Desierto de Altar

Creo que desde chico me gustaba el Desierto. Recuerdo que buscaba en el vídeo club cualquier película en la que mostraran imágenes de dunas. Esas formaciones de arena me parecían totalmente intrigantes. A los diez años el Desierto era para mi un mundo misterioso, inalcanzable, algo de las películas.

Hace tres años estuve por primera vez en un Desierto cuando escale junto con otros cuatro amigos, El Escudo, la pared Norte del Picacho del Diablo. Desde su cumbre se puede observar el desierto en la que esta enclavada, el resto de la sierra de San Pedro Mártir, El mar de Cortéz y más allá, en el continente, El Gran Desierto de Altar en Sonora.

El Desierto de Altar forma parte de la reserva de la biosfera del Pinacate y se continua más allá de México como el Desierto de Arizona. Siendo el lugar más cálido de todo el hemisferio Norte con temperaturas máximas de casi 60°C y uno de los más secos, no es de extrañar que forme parte del México desconocido.

En la antigüedad, su basta región era el hogar de un grupo del que sabemos realmente poco, los Hohokam, quienes ya habían desaparecido para la llegada de los españoles. Sin embargo su linaje sobrevivió en los Pápagos, un exitoso pueblo que subsistía de la Caza y recolección. De naturaleza nómada, los Pápagos solían recorrer, sobre todo en invierno, las arenas de Altar. Hoy sobreviven menos de 400 que viven diseminados entre Arizona y México. Los Pápagos son un pueblo unido fuertemente a la naturaleza. Ellos creen en “el hermano mayor”, un espíritu que los guía hacia el buen camino en la vida y que protege a la naturaleza.

Altar es una desierto tan grande que todavía guarda muchos rincones sin hoyar y eso es precisamente lo que queríamos, no solo ir por donde los demás han ido ya.

En 1540 Francisco Vázquez Coronado cruzó una parte del Desierto. Hacia 1700 el padre Kino había hecho también algunas incursiones, pero se podría considerar que la primera travesía completa, por lo menos documentada, fue realizada en 1977 por cuatro alpinistas de la UNAM. La expedición bajo el mando de Armando Altamira , partió del kilómetro 100 de la carretera Sonoita – San Luis Río Colorado, continuando hacia el sur entre los meridianos 113°50’ y 114°00’, para llegar a Puerto Peñasco cuatro días mas tarde, habiendo recorrido aproximadamente 80Km.

Desde entonces ha habido varias expediciones que han logrado cruzar altar desde diversos puntos, como las dirigidas por José Cruz Narváez quien incluso realizó un intento con Eduardo Tovar para hacerlo en verano. Sin embargo todas ellas se concentran en la parte oriental y ninguna, por lo menos que nosotros sepamos, se había metido de lleno en la zona occidental de dunas gigantes tipo erg, que es una de las más grandes y continuas del planeta.

La idea de cruzar Altar surgió precisamente de platicar con Eduardo sobre su experiencia. Más tarde estuve en el Picacho, donde me convencí de querer cruzarlo. Pero no fue hasta diciembre del año pasado que junto con Elvia Ramírez, lleve a cabo mi sueño.

 

El encuentro con Altar fue algo sobrecogedor. Bajamos de la camioneta de Francisco Contreras, de la oficina del Municipio de San Luis Río Colorado, cerca de un paradero de carretera llamado La Joyita. El viento tormentoso nos obliga a ponernos los gogles rápidamente. Nos alejamos un poco de la carretera para sacar el equipo de la mochila. Polainas, bastones, brújula, GPS, mapas, me pongo a la espalda la mochila y comenzamos a caminar. Paso a paso nos vamos acercando hacia la primera duna gigante de lo que convertiría en una extensión inagotable de colosos de arena. El viento nos comenzó a hablar, gritar, rugir, fue la primera voz de Altar. Después llegarían más. Nos detenemos un momento a tomar fotos -¡huy!, se esta trabando- al parecer se le había metido arena a la cámara.

-¿Quieres descansar?- le pregunte a Elvia mientras guardaba la cámara.

-No, mejor seguimos- era medio día pero el calor no era lo que esperábamos, nos habíamos preparado para una temperatura de 30-40°C, pero en vez de eso estábamos poco arriba de los 20°C. Aún cuando caminábamos a buen paso, avanzábamos lentamente. El suelo casi siempre arenoso hacia la marcha pesada. Aquí y allá algunos claros de suelo duro.

Altar no es un lugar del todo sin vida, incluso en la zona de dunas gigantes se pueden encontrar pequeños arbustos en las hondonadas. Estos arbustos pierden todas sus hojas y secan sus tallos, manteniendo solo las raíces vivas, de tal forma que a la vista parecieran muertos. Sorprendentemente esta vegetación puede mantenerse así de una lluvia a la otra, lo cual puede llevar incluso dos años, pero al caer el agua, reverdece, se llena de hojas y flores, para volverse a secar y esperar.

Teníamos muchas ganas de llegar a la zona de dunas gigantes, pero a la vez nos daba miedo, pues sabíamos muy bien que más allá estaba lo desconocido. Ese miedo primitivo que se siento con todo el cuerpo. No el miedo de morir, el miedo de desaparecer. ]Así de solos estábamos en Altar.

Un mar de arena detenido en el tiempo, es lo que parece la zona interior de Altar. Llegamos a ella para el atardecer, uno de los atardeceres más dulces que he visto, es como si Altar tan poderoso como se nos presentaba, nos diera la bienvenida. Justo entonces, mientras sacaba algo para comer, vimos un pequeño escarabajo con el que entablamos amistad. Era una miniatura que dejaba sus diminutas huellas en la fina arena del Desierto. ¿Cómo puede haber vida tan delicada en esta mundo extraño? Extraño, obviamente para nosotros. De hecho yo sentí desde que bajamos de la camioneta, que todo aquello era un sueño. Me parecía que ya lo hubiera vivido. Y quizás haya sido así, pues antes de estar realmente en él, debo haberme imaginado caminando por sus arenas un millón de veces.

Pero la noche cayo pronto, demasiado pronto, pues cruzamos la zona de dunas gigantes prácticamente en la oscuridad de la noche. Afortunadamente la luna brillaba llena en un cielo colmado de estrellas, lo cual facilitaba un poco la visibilidad. Sin embargo si de día Altar parece otro mundo, de noche el tiempo parece detenerse, el paisaje se transforma con cada paso como si se fuera creando conforme se planta el pie y la percepción se altera por completo. Esto combinado con el hecho de que no dormimos causa que mis recuerdos sobre esta parte sean un tanto extraños. La idea de caminar de noche y descansar o dormir si fuera posible en las horas de calor, obedeció a una experiencia que tuve en el desierto de Coahuila, donde estuvimos a muy altas temperaturas. Ahí entendí que el Desierto es la dictadura del sol. Ahora se que en diciembre Altar es apacible, benigno, aunque hay que tener cuidado con las tormentas de arena. Sin embargo en cualquier otra época del año, sobre todo en verano, nuestro planteamiento no solo sería correcto, si no quizás el más adecuado.

El Desierto es un lugar silencioso, de hecho en las 34 horas que nos llevo la travesía, Elvia y yo hablamos francamente poco. En un principio, mi dialogo interno era sumamente activo. A mi mente recurrían constantemente las advertencias, concejos y reproches de multitud de personas que antes de irnos nos advertían: les falta experiencia, no están preparados, es muy peligroso, hay narcos, hay muchas víboras, ¿cómo vas a ir con una mujer? Inclusive se nos negó el apoyo por el club al que pertenecemos, el de la UNAM, por razones que no llegue a entender. A veces uno quisiera no tener que decirle a nadie sus planes, pero aún entre todas las críticas, encontramos gente que nos apoyo sin cuestionamientos. Afortunadamente tuvimos el apoyo de El Séptimo Grado, contamos con asesoramiento del Herpetario de la Facultad de Ciencias de la UNAM, así como de sus autoridades.

Extrañamente cuando uno tiene un sueño y ese sueño no concuerda con las ideas de la sociedad, todo el mundo trata de disuadirnos de abandonarlo. Pero poco a poco en el silencio de Altar, mi mente fue quedando en calma y una vez que deje de escuchar a todas esas voces, pude tanto escuchar la mía propia como la de Altar. Altar me enseño muchísimo, pero sobre todo me hizo sentir de una manera pragmática que era parte de mi. En algún momento del viaje, perdido en la inmensidad del Desierto, algo en mi se derrumbo. Eso que se derrumbo fue la ilusión de Yo soy diferente de Altar. De que soy diferente del escarabajo del que hicimos amistad. Por un instante me sentí profundamente ligado a todos los Espíritus de la Tierra. Y eso me conmovió.

Poco antes del amanecer nos detuvimos bajo la hipótesis de que mientras siguiéramos caminando el Sol nunca saldría. Y es que necesitaba ver un mundo reconocible.

En vueltos en mantas térmicas, castañeando por el frío, esperamos el amanecer. Así algunos minutos después, que parecieron horas, llego el aurora que con su canto nos lleno de energía para reanudar la marcha. Solo nos faltaban unos veinte kilómetros, pero eso nos llevo todo el día y todas nuestras fuerzas. Alcanzamos la carretera al llegar la oscuridad, después de 34 horas casi continuas de caminata. Doloridos y fatigados esperamos a que alguien nos diera aventón. Eso era lo único que nos faltaba, tener que pasar la helada noche, sin bolsa dormir y con poca ropa, esperando que alguien llegara por nosotros. Afortunadamente una pareja que iba rumbo a Tijuana nos llevo. Cuando llegamos a la misma habitación de hotel en la habíamos estado, mi sentimiento de que todo aquello había sido un sueño se fortaleció. Pero “La vida es sueño y los sueños, sueños son” dice Calderon de la Barca.

Me acosté en la cama y soñé con Altar, con todo lo que había vivido.

Los Pápagos son un pueblo muy apegado a la naturaleza que cree en las enseñanzas del mundo de los sueños. Para ellos existe un espíritu guía que les ayuda a encontrar el buen camino en la vida y que les habla muchas veces en sueños. Ese espíritu se llama “el hermano mayor” o por lo menos así lo traducen los libros. Ese espirito, además de ser un guia, es el protector de la naturaleza. Yo encontré en Altar un “hermano mayor”, pero me di cuenta que la relación es mutua. Si uno escucha, el Desierto, la Montaña., una pared, el viento o una planta, nos pueden guiar. Pero esta en nosotros el convertirnos también en sus “hermanos mayores”. El papel de proteger al Espíritu de la Tierra es nuestro. Como yo, todos hemos recibido no solo lecciones, sino comida, agua, cobijo y mucho amor de la Tierra. A mi me hablo el Desierto, pero a ti te pude hablar otro espíritu de la Tierra y si lo escuchas oirás que te esta pidiendo que seas su “hermano mayor”.

Por Oliver López

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